Manifiesto

Esta página está dedicada al misterio, es decir, al ser humano, a la vida, al permanente flujo que de ella se desprende y en el que el mismo ser humano transcurre. Mi principal lenguaje para hablar de ello no será otro que la prosa y la poesía místicas, pues son sugerentes, sugestivas y provocadoras de los estados más sutiles, son un lenguaje del alma dirigido al alma. Pero también me valdré de una prosa descriptiva, y también trascendente, para abordar otros misterios que, sin lugar a dudas, forman parte del ser humano y de su vida, de su origen y de su finalidad, misterios con los que convivimos desde que el hombre es hombre y que, por lo tanto, forman parte de nuestro camino y evolución. El universo nos contempla y nosotros lo contemplamos a él.

"El misterio..., solo nos envuelve el misterio"
El texto y las imágenes aquí contenidos son propiedad de Miguel Ángel del Puerto, y están protegidos por la Ley de la Propiedad Intelectual

MÚSICA

miércoles, 28 de noviembre de 2012

SOY LA LLUVIA





Yo soy la lluvia que riega los campos, la vida que llueve del cielo.

Soy el amor que se filtra entre la tierra, que apaga la sed del trigo, que sosiega el corazón del hombre.

Soy el llanto de las estrellas, gotas de luz en las alturas, suspiro de la vida que se encharca.

Soy el Ser, faz de los mares, padre y madre de la vida.

Soy el espíritu, líquido fuego de la esencia del Cosmos, la eterna pregunta que se escurre entre los dedos del hombre.

Soy la esencia cristalina, torrente de conciencia e inmortalidad.



Hombre de todos los tiempos, acepta el cáliz que te ofrezco y bebe el elixir de la eternidad.

Hombre del ser que no se empaña con el rocío de la oscura noche de las ilusiones, ¿acaso no reconoces en mí al agua de la vida y del conocimiento?.

Hombre de la Vida ,quiero dejarme beber por ti.










viernes, 23 de noviembre de 2012

ÁRBOL (A UN SABIO Y VIEJO AMIGO)




Cada vez que estoy ante él es diferente, mis sensaciones son diferentes...

Una noche, cuando despertó en mí la percepción que me trasciende, sentí su llamada. Lo vi en la oscuridad..., una oquedad bajo sus raíces contenía una seta gigante..., arquetipos..., arquetipos de un tiempo y un mundo mágicos en el que el hombre es tan sólo una pieza más en el contexto de la vida, en una vida mágica también. Y me dijo: "Ven a mí".

A él he ido en muchas ocasiones y cada vez es distinto, y es distinto porque cada vez es más..., es más lo que siento en su presencia... Me envuelve..., si lo toco siento su energía circular a través de mí, me reconoce y se interesa por la persona ausente, me acoge en su halo de árbol de la vida... Y me cuesta alejarme de él y marcharme.

He hecho un amigo para toda la vida. He hecho un amigo al que no le importa el color de mi piel, que no sea dura y rugosa, ni de madera... No le importa que mis raíces no penetren la tierra y la pisen y se muevan sobre ella. No le importa que mi voz sea sonora y que no surja del viento entre las ramas, porque con él hablo con el corazón, ni le importa que mis hojas sean cabellos.

Cada vez que estoy ante él es diferente...

Ahora ya vuelvo la vista atrás desde mi casa, sin girar la cabeza..., engañando a la distancia... y no solo lo recuerdo, sino que lo veo, lo siento... y se que me siente en ese momento. Es un gran castaño bastante más que centenario... Con sus ramas toca las cumbres que anidan en el cielo, habla con los pájaros, sonríe, llora, canta, habla... Con sus raíces se mueve sin moverse y camina sin caminar por el tiempo, por mi vida, y sabe de otros árboles, amigos suyos de viaje...

En su corazón, el que palpita bajo su piel de madera, anida un viejo espíritu de la naturaleza.

Hubo un tiempo en el que ancestrales espíritus de Luz de otros mundos, espíritus de especies vegetales muy antiguas y sabias, descendieron sobre la Tierra para ayudarla a crecer y crear un sistema de vida íntegro, un mundo vegetal y en equilibrio..., venían para sembrar de Luz la superficie de la Tierra. Muchos de esos espíritus antiguos, sabios porque están conectados con su fuente primigenia, habitan en grandes secuollas, en viejos álamos y alcornoques, en sauces y castaños, en sicomoros..., llegaron de espacios siderales, del entorno de estrellas como la inigualable Sirio.

Mi amigo y yo mantenemos cortas pero intensas conversaciones en silencio. Me lo dice todo sin decirme nada. Me busca sin buscarme. Me presta su energía sin pedirme nada a cambio. Pero algo se mueve en mí. A través de mí adquiere otros conocimientos y otras experiencias, porque le interesa la Luz y mi tránsito por ella, y mi conexión con la Madre Tierra y el Padre Cielo, porque sabe que soy un árbol caminante que toca las estrellas con la punta de los dedos, y que transito por las estaciones como él.

Se interesa por mi porque me he interesado por él, he salido del corto espacio de mi atmósfera corporal para expandir la luz que me envuelve y acercarme a él. No lo he visto como a un árbol, como si solo fuera un castaño. Lo he visto como a un ser de la naturaleza nutrido en años que se ha forjado a frío y helada, a lluvia y viento, a tormenta y rayo, a canícula y sol abrasador. Y al no mirarlo como a un árbol, sino como a un venerable árbol, me ha sentido como lo que soy, no como a un hombre, y entonces nos hemos comunicado. Entre ambos no hay diferencias, hablamos de ser vivo y sintiente a ser vivo y sintiente. ¿Quién entonces es el árbol y quién el hombre?. ¿Y qué importancia tiene eso?.









viernes, 16 de noviembre de 2012

EN LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA




En las entrañas de la Tierra somos lo que somos...
Nos hacemos en la oscuridad del vientre materno, después caminamos sobre la faz de la gran madre que nos acoge, y finalmente nos convertimos en cenizas llevadas por el viento, que recaen sobre su faz, o en carne y huesos que vuelven a  la primordial morada hasta desaparecer.

En las entrañas de la Tierra los primeros hombres se resguardaron del viento y del agua, del frío y del calor, de las alimañas, de la noche del hombre en la noche del mundo.
En las entrañas de la Tierra los hombres mágicos, los que conjuraban a los elementos, los que conjuraban a los grandes y pequeños espíritus de la naturaleza y propiciaban la caza, tenían su santo cobijo y lienzo, la dura pared que ofrecía un lugar donde pintar el mundo, su mundo, lo que todo era y todo podía ser.

En las entrañas de la Tierra nos acercamos a nosotros mismos, porque de ella venimos y a ella regresaremos. Y si en mitad de este viaje la visitamos, descendemos a sus profundidades, descubriremos que está viva, repleta de formas energéticas que se revisten de piedra como si gota a gota se hubieran vestido y tomado cuerpo, siguiendo patrones de una estructura sutil. Así también nos construimos nosotros, a nuestro nivel de humanos caminantes que miran al pasado, olvidan el presente e imaginan el futuro.

En las entrañas de la Tierra comulgamos con la Gran Madre. En la cueva, en la caverna, en la gruta..., encontramos el seno materno, la gran cavidad donde nos formamos en nuestro propio origen. Pero ahora, al ingresar de adultos, como seres inteligentes y ya formados, nos enfrentamos a la posibilidad de re-crearnos, de re-hacernos, y emprender un nuevo sendero.

Para la conciencia, la cueva, el seno de la Madre Tierra, es como una caja de resonancia energética de nuestros propios modelos y paradigmas, de nuestros esquemas sensoriales, es decir, de los esquemas que utilizamos para percibir la realidad que vivimos e interpretarla. En nuestra anatomía, el órgano primordial y perceptor en el que anidan los chakras superiores y de la conciencia (el cerebro), anida en una cueva: esta cueva es la cavidad del cráneo. Por eso es importante adoptar una posición generativa al estar conscientemente en una gran cueva, en una cueva que realmente reúna los atributos necesarios para servir de generatriz, de re-generatriz, nuestra.

Si en el vientre nos formamos en la cueva nos re-formamos, nos volvemos a formar..., si aplicamos la conciencia para ello.
La cueva es el punto de partida. Y la cueva es el punto de refugio.
Nos formamos física, estructural y energéticamente. Nos re-formamos en cuanto a la estructura sutil de la conciencia.

Te invito a que visites una cueva..., si contiene agua, mejor... pues va a recoger sutilmente tus emociones, y las va a revertir en ti clarificadas. Si es una laguna, deposítalas conscientemente en ella, déjalas un rato y luego recógelas. Si es agua que discurre, proyéctalas en ella y deja que se las lleve.
En la cueva debes pensar en tu gestación en el vientre de tu madre, en la gestación del hombre, de lo que somos y significamos, y en tu propio abocamiento a la primera luz que viste de este mundo, significando tu alumbramiento. Y después debes pensar en ti mismo en el instante presente,  en la situación que te encuentras en ese preciso momento: dentro de la Madre Tierra, en el gran seno materno de la humanidad, formándote de nuevo, para momentos después salir a la luz del mundo y comenzar a caminar. Piensa cómo quieres caminar, cómo quieres vivir, qué esperas de ti mismo y de la vida. Y entonces, una vez hayas completado este proceso, abandona la cueva con la sensación de que naces a una nueva vida. Estarás dando, de nuevo, tus primeros pasos.







viernes, 9 de noviembre de 2012

A SOLAS EN EL TORCAL





Estaba sentado sobre una roca. Las redondeadas aristas de las piedras que conforman El Torcal, mi lugar de poder, nos hablan de centenares de miles de años en los que el viento, el agua, acariciaron a veces no tan suavemente su faz.

Lo vi sentado sobre una roca, una gran roca que me hablaba del tiempo, de la insensatez que supone medirlo, de la pequeñez que significamos si nos comparamos con estas piedras,  con el hielo que la quiebra o con el sencillo vuelo de la lechuza desde el espino albar a la piedra y desde la piedra al horizonte.

Lo vi sentado sobre una roca. Me miró con sus ojos invisibles. Penetró en mi alma y en un segundo supo todo de mí, y en un segundo supe que sabía todo de mí.

Cuando me pierdo entre estas piedras, cuando camino entre gotas de rocío, líquenes y zarzas. Cuando me dejo cubrir por el manto de nieblas que El Torcal sostiene muchos días de cada primavera, de cada otoño e invierno y algunos del verano, oigo campanillas que se pierden en la oscuridad, y susurros contenidos en sensaciones, y en momentos de extrema claridad y ternura todo te ilumina,  el entorno te abraza silenciosa y amablemente y te dice: “no estás hecho de piedra como nosotras, pero nosotras no somos tan solo piedras...”

Sentado sobre su roca aquello que yo era era yo sin serlo, en una imagen trascendente de mí que miraba fijamente a un horizonte en el que el Sol comenzaba a reclinarse para brillar en el interno de quien lo mira, y disipar su noche.

¿Cuántas veces me he perdido en estos caminos, en estos senderos en los que perderse y después encontrarse es como un juego que no hay que temer, como una experiencia iniciática construida de laberintos que reflejan tu propio laberinto, como la búsqueda de una salida antes que la noche caiga y te impida ver el camino de vuelta a casa?. Y aún así, ¿cuántas veces anduve sus caminos en la noche para mirar las estrellas y contemplar el hogar de nuestros ancestros, y mirar mi primera casa, la del primer tiempo, la del no tiempo, prendida de un can de estrellas como un ojo rutilante?. ¿Cuántas veces contemplé desde aquí la maravilla estelar de Sirio?. ¿Cuántas he esperado desde aquí la llegada de los amigos de la Luz, y de las luces?.

Lo encontré sentado sobre una roca. Al mirarlo de frente me miré en lo más adentro, y supo de mí todo cuanto ya sabía y todo cuanto yo ignoraba. Me habló del conocimiento y de la deuda del despertar, la que adquirimos entre tanta piedra y tanta zarza en la vida, entre tanta espina y tanta rosa...

Cada piedra de este camino, cada recodo del sendero entre los sueños de piedra de El Torcal, son como la vida del viajero: un camino recóndito que solo puede llevarte hasta ti mismo y que solo de ti mismo puede alejarte.
“Viajero que haces tu vida en el camino no te pierdas de ti mismo, pues siendo amo de tu propio laberinto de él solo podrás salir caminando”.

Al volver la vista atrás y verlo aún sentado sobre su trono de piedra, mirando aun el horizonte, reflejando ya el brillo de las estrellas, una voz resuena como un lamento que me dice: “No te alejes de lo que en verdad eres y búscame en ti en todo momento, porque siendo lo que soy eres quien yo soy, y solo de ti puedo partir y a ti regresar”.

Lo vi sentado sobre una roca. Y la roca era el mundo. Y él era el sostenedor del cielo. Y sus ojos invisibles las ventanas por las que se asomaba el tiempo. Y su corazón la voz de la Tierra. Y su rostro el rostro de la Luz.















viernes, 2 de noviembre de 2012

CRÓNICA DE ESTAMBUL




Todo cuanto pueda decir sobre Estambul es poco..., es la más mágica ciudad que jamás he visitado. Cada ciudad es un mundo, cada ciudad tiene su ángel, su espíritu, su propia personalidad, se ha curtido a veces a fuego y a espada, a esperanza y sueño, a luces y sombras, y se anima del espíritu de los vientos y las aguas, de las corrientes de energía que surcan los caminos, que traen y llevan viajeros..., como las energías que circulan por el Bósforo. Estambul ha crecido entre dos mundos, entre dos mundos se debate, de dos mundos se enriquece..., es una brecha abierta en el tiempo y en la historia, importante por su ubicación, por su papel de cada momento, por sus gentes y sus días de gloria...


Está a caballo entre dos mundos, es la única ciudad del planeta construida sobre dos continentes, asiática con vocación europea y europea con sabor asiático. Se le conoció como La Sublime Puerta o como La Puerta de Oriente, no puede ser otra: Estambul.

De nombre Lygos, a finales del II milenio antes de JC; más tarde recibiría el nombre de Bizancio.
A principios del siglo IV el emperador romano Constantino El Grande la consagró como la capital del Imperio Oriental, y su nombre fue cambiado por el de Constantinópolis.
Después de la adopción del cristianismo como la religión oficial del estado la ciudad dio su antiguo nombre al Imperio Romano de Oriente.
Fue en 1453 que los otomanos conquistaron Constantinopla, y el nombre de la ciudad cambió una vez más, quedando como la conocemos en la actualidad.

Importante enclave en plena Ruta de la Seda, es en realidad una ciudad curtida entre dos civilizaciones, repleta de grandes y conciliadores contrastes entre oriente y occidente como si de un tao de culturas se tratase. Pletórica de magia y de misterio, de historias de opulencia y decadencia, de invasiones e insurrecciones, por sus calles deambulan más de 11 millones de turcos. Es la ciudad de la columna de Constantino, del obelisco de Tutmosis III y de la columna serpiente de Delfos, el ángel custodio de los mapas de Piris Reis. Es Istambul –El puerto de la felicidad-.

La brisa del Bósforo, quizás llegada desde el cercano Mar Negro, me traía recuerdos inexistentes, historias de cruzados y de templarios, sueños de un pasado en el que esta ciudad era paso obligado, crisol de culturas y mundos diferentes, una joya cobijada entre dos continentes, encrucijada donde riadas de energía arrastran antiguas caravanas, y ejércitos, y gentes llegadas de todos los lugares, afán por apropiarse de lo que nunca tendrá dueño.

Imponente por su impresionante aspecto y por la identidad propia que posee, si existe un lugar especial y de poder en Estambul, este es Santa Sofía. Construida en el siglo VI, en su interior podemos encontrar señales de unos constructores avezados en los más antiguos y herméticos secretos. Fácilmente uno puede llegar a sentirse conmovido ante su visión, como si no fuera la primera vez que la contempla, como si ojalá no fuera la última, como si tus pasos se contaran por eones de tiempo y ya hubieran pisado estas y otras tierras.

Desde que dejamos la ciudad de Constantino mi espíritu regresa cada noche y navega por el Bósforo a la puesta de Sol, recordando las palabras del poeta: “Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul...”