Manifiesto

Esta página está dedicada al misterio, es decir, al ser humano, a la vida, al permanente flujo que de ella se desprende y en el que el mismo ser humano transcurre. Mi principal lenguaje para hablar de ello no será otro que la prosa y la poesía místicas, pues son sugerentes, sugestivas y provocadoras de los estados más sutiles, son un lenguaje del alma dirigido al alma. Pero también me valdré de una prosa descriptiva, y también trascendente, para abordar otros misterios que, sin lugar a dudas, forman parte del ser humano y de su vida, de su origen y de su finalidad, misterios con los que convivimos desde que el hombre es hombre y que, por lo tanto, forman parte de nuestro camino y evolución. El universo nos contempla y nosotros lo contemplamos a él.

"El misterio..., solo nos envuelve el misterio"
El texto y las imágenes aquí contenidos son propiedad de Miguel Ángel del Puerto, y están protegidos por la Ley de la Propiedad Intelectual

MÚSICA

viernes, 29 de marzo de 2013

CUANDO REINEN LOS JUSTOS





Cuando reinen los justos y el cielo se tiña de azul para siempre desaparecerán las nubes que amenazan tormenta, los ríos nunca más se teñirán de sangre y las aguas cristalinas, torrenteras de llantos contenidos, de sollozos caudalosos fruto del dolor y de la pena, serán vertientes caudalosas que alimentarán los mares de sonrisas vestidas de blanca espuma.

Cuando los justos reinen el mal dejará de serlo porque no habrá lugar para el oprobio, ni para la gota de sangre, ni para el temor. La injusticia será una palabra, solo una palabra, desaparecida en el túnel del tiempo.

Cuando los justos caminen sobre el mundo el caminar del hombre no causará dolor a la Tierra, ni el respirar de sus pulmones mancillará el aire, y lo que salga de la boca del hombre no hará daño a otro hombre. La voz será una sembradora de Luz y de caricias llevadas por el viento.

Cuando reinen los justos el fuerte no someterá al débil porque todo hombre o mujer será igual en su naturaleza y en el desarrollo de su vida;  no habrán fuertes y débiles,  la desigualdad será como un mal sueño tenido en la niñez del hombre.

Cuando reinen los justos y los hombres caminen sobre la faz del mundo y sientan el pulso de su corazón bajo sus pies, las praderas se vestirán de primaveras y los vientres no estarán henchidos por el hambre, la paz no será una quimera, y los hijos del mundo serán los hijos de la vida, ya no habrá un tiempo en el que la vida se acorte por causa ajena.

Cuando reinen los justos la mano derecha sabrá lo que hizo la izquierda y la sombra del árbol solo dará cobijo a la luz, a la sombra no habrá sombra.

Cuando los hombres justos caminen por el mundo, por su mundo, será el nuestro, y no habrá dolor, ni llanto, ni tristeza...







viernes, 22 de marzo de 2013

NO CAMINAMOS SOLOS





Nunca caminamos solos. En la orilla entre dos mundos, el que nos vive y aquél en el que nos vivimos..., caminando en la misma frontera la soledad sólo lo es cuando es la del guerrero, pues nuestros pasos se acompasan no solo con los de un millar de hermanos que, despiertos o dormidos, hacen su camino junto al nuestro. Nuestros pasos se acompasan con el ritmo de los cielos, con las primaveras, con las estaciones que nos hablan del ciclo del Sol y de la Tierra y el tañido del alma del planeta.
Somos viajeros que se forjan a sí mismos entre la fría escarcha y la flor del romero, entre el dulce aroma de la mañana y el miedo a la oscuridad, entre una vida sin tiempo y el tiempo de una vida.

Amigo que me conoces o no, hermano de la vida que me sueñas o no, acércate a mí y junta tus pasos a los míos. Respiramos el mismo aire, la misma luz nos envuelve, el mismo fuego calienta nuestro hogar, la misma tierra acogerá nuestras cenizas. Nos cubrimos con el mismo cielo y las mismas vanidades y ligerezas, nos vivimos en las mismas profundidades y campo abierto, nos soñamos a nosotros mismos con los mismos miedos y los mismos sueños, nos buscamos en las mismas luces y nos perdemos en las mismas oscuridades. Sólo el guerrero de la luz vive su soledad porque sabe que nadie disipará sus sombras salvo él mismo, y desde esa atalaya las vive. Pero hacemos una vida caminándola entre todos, viviéndola entre todos... y sumados en iguales voluntades, orígenes y caminos, porque en la realidad, en la más sublime realidad del ser, somos lo mismo, somos el mismo, somos la unigénita unidad viviéndose en cada uno de nosotros.

Amigo del alma, hermano de la luz y de la vida, esposa, hijo..., árbol, cielo, río... vivimos bajo el mismo sol, pisamos la misma tierra, nos hundimos en el mismo barro y renacemos de la misma ceniza. Entre tú y yo, más allá de toda diferencia, existe la suprema similitud y la gran certeza y maravilla de que tú y yo somos uno. Hermano desconocido que me lees, en verdad yo soy tú.  ¿No ves acaso mis pasos en los tuyos?. ¿Nos ves acaso mis lágrimas en las tuyas y la mejor de mis sonrisas en el brillo de tus ojos?.

Hermano que compartes tus pasos con el dolor y la dicha, con la incertidumbre y la certeza... ¿Acaso nos ves en tus miedos, en tus vanidades y en la más hermosa de tus caricias mi temor y mis anhelos, mi pasión y mi dicha?. Nos hemos forjado en la risa y el llanto, en el clamor y en el silencio, en el recodo y en el recto camino, en la búsqueda y en el encuentro. ¿Cómo puedes sentirte sólo si desde tus adentros y los míos yo te quiero sin conocerte y sin saberte te admiro?. ¿Cómo puedes sentirte sólo si tu dolor es mío, si tu llanto es mi llanto y tu cantar mi poesía?.¿Cómo puedes pensar que en esta vida te dejaron de la mano del olvido?. ¿Que tu corazón late sólo y que tus pasos no son míos?. Cuando sufres yo lo sufro, aunque no te vea, aunque no te sienta, aunque no sepa de ti mismo. Cuando alegre caminas despacio y te empapas de un camino hecho de flores y trinos... mi vida se adorna de aquello a lo que todos venimos: la alegría de vivir y el alma del camino.






viernes, 15 de marzo de 2013

CUANDO ME VAYA


Cuando me vaya por la puerta de la aurora, la del cristal naranja, la del pasillo de luz que conduce al hogar de los antepasados... ¿Qué será de mis pensamientos sin tiempo, de los caminos andados, de los frutos que dejé sin recoger e incluso de lo sembrado?. 
¿Qué será de lo que fui buscándome, de mis acciones, de mis lágrimas y de mis carcajadas?. 
¿Qué habrá quedado de mi en la memoria?. 
¿Cómo será leída mi vida cuando esta se haya ido a volar otros cielos y mirar otros amaneceres?. 
¿Qué será de mis sueños y fantasías, del color de mis pensamientos, de la luz de mis palabras.. las que vertí sobre el papel y entregué al mundo?. 
¿Qué será de mi nombre y de la imagen que conlleva, de las mil historias que he vivido, de mis sueños de luz y de mis atardeceres más oscuros?. 
¿Quién evocará mi nombre y mi voz y el rostro de mi alma y los vestirá de una sonrisa hacia el interior y la reflejará en sus labios?.

Cuando me vaya me habré ido para siempre y no habrán lágrimas al sol que nublen mis recuerdos, ni sonrisas que lo disipen, ni voz sin voz que lo aleje de un sentido.

Al tomar la puerta de la aurora y dejarme querer por el sol de la tarde abrazaré la luz del último camino y me dejaré llevar por ella. Y las estrellas, mis compañeras, las que me hirieron de vida cuando puse por vez primera mis pies sobre este mundo, cantarán mi nombre verdadero.








viernes, 8 de marzo de 2013

MORIR COMO CAMINO





Antes o después tenía que hacerlo, tenía que abordar con vosotros, para vosotros, para mi mismo, el acontecimiento más crucial que sucede en nuestra existencia una vez atravesamos el túnel uterino de la vida y nos bautizamos con el primer hálito de vida, y nos enfrentamos al mundo con el primer llanto y la primera sonrisa. Y este acontecimiento, parejo al hecho de nacer, es la incuestionable realidad de que, antes o después, deberemos transitar por el camino de vuelta que nos hará regresar a la realidad intangible que nos vertió aquí, lo que llamamos muerte. La muerte como camino. La muerte como despertar. La muerte como cambio. La muerte como renacer. La muerte del ego, de la personalidad más coercitiva y el resurgimiento de la naturalidad del Ser, de lo que somos.

Hemos aprendido a vivir la vida y a vivir la muerte de manera errada. Cuando plantamos una semilla y el fuego y el agua, la tierra y el aire, la hacen germinar y crecer, desarrollarse y finalmente dar sus frutos y perecer, en ello no hay drama, sino la mayor de las maravillas posibles. Es el milagro de la vida. No es el milagro de la muerte, sino el de la vida.

Somos semillas que germinan y hacen su camino buscando el Sol,  pero articulando palabras y pensamientos, sueños y temores, pisando piedras y clamando al cielo, siguiendo cauces de aguas cristalinas y bebiendo mil historias que digerir, trascender y superar. Pero tenemos que enfrentarnos al incuestionable hecho de la muerte con la mirada más cristalina, menos temerosa, con la voz del que canta a la vida y a su continuidad.

Enfrentarnos a la muerte, vivirla, es mirarla frente a frente, sin tapujos, enfrentarnos a su realidad más sincera y afrontar el hecho de la permanente hermandad entre lo que llamamos vida y lo que llamamos muerte, las hermanas siamesas de la realidad del hombre y la finitud de su cuerpo.

La esencialidad de una rosa no vive en sus raíces, ni en su tallo, ni en las espinas que la protegen, ni siquiera en sus pétalos. Su más humilde y sutil esencialidad pervive en el aroma y en la luz que refleja que alegra el alma y adormece el dolor.

Antes o después debemos enfrentarnos al hecho no solo de que debemos morir, sino al hecho de que debemos afrontar la muerte como un momento iniciático previo a renacer de entre nuestras cenizas y caminar una vida nueva en un camino nuevo. Si me das la mano y cruzamos juntos al otro lado de la Laguna Estigia lo habremos conseguido.


La muerte es un nivel de la conciencia que se expresa en el minuto a minuto, en el pequeño tiempo de lo cotidiano y en el gran tiempo de toda una vida.

Es un estado de la propia conciencia. No tiene que ver con la desaparición de la finitud que significa vestirse con un cuerpo errante en un mundo errante por el vasto océano del espacio.

Morir es perecer ante el miedo, ante la vacuidad de un sentimiento que se agota con cada paso que damos y se alimenta con cada paso que no damos. El miedo, el temor, es la daga que se hunde en el corazón de la mente y la mantiene adiestrada en el apego, la culpa y la comodidad. Todo ello es fruto del miedo. Todo ello significa a un nivel, a este nivel, la muerte.

El miedo mata a la mente y esto viene a significar la desaparición de un estadio superior de la misma, en la que se libera y adquiere el primer matiz de la conciencia, de la expresión de la autoconciencia y de su praxis en la vida: la objetividad consciente, que se expresa en lo siguiente: Es lo que ves. Lo que ves es.

Morir es perecer a la tristeza, vivir en la permanente agonía que significa la ausencia de un motivo que justifique los amaneceres que se suman desde que nacemos hasta que tomamos la última puerta, la que conduce al hogar de los antepasados y a la morada de la primera noche.

Morir es mantener los ojos cerrados cuando más abiertos debemos tenerlos, no despertar en esta vida sin tiempo confinada por el tiempo, en este transcurrir de constantes atardeceres en los que el Sol siempre se marcha por la misma dirección.
Morir es no ser consciente de lo que somos y pensar que somos nuestro reflejo en el agua, el claro-oscuro de la luna llena afirmando ser un sol que disipará nuestras dudas.

Antes o después deberemos enfrentarnos al hecho de que vida y muerte caminan de la mano. Morir, todos debemos morir. Pero morir, además, todos morimos minuto a minuto, con cada hálito de vida y de luz que atesoramos. Morir es una necesidad porque sólo la muerte nos hará despertar a lo que somos. Sólo la muerte del ego nos hará andar los caminos que solo despiertos, con los ojos bien abiertos, podemos andar.

Morir es una necesidad, porque morir no es final para un principio que nunca hubo. Morir es el inicio. Enfrentarte a tu muerte, a la pequeña y a la gran muerte que significan el día a día creyéndonos reconocer en el espejo cuando en él nos miramos.
Muere para resurgir. Muere para renacer. Porque hasta ahora hemos creído haber nacido al llegar a este mundo cobijados en vientres henchidos por la vida. Cuando realmente nacemos es cuando morimos.

Pero si morir es una necesidad para la vida, para la auténtica vida, matar a la muerte es una necesidad para nacer de nuevo y renacer de entre nuestras propias cenizas. Para nacer hay que morir. Para morir hay que nacer.

El miedo a la muerte y el miedo a la vida esconden el gran miedo a desaparecer del ego, que se aferra al tiempo, a lo concreto y pasajero para afirmar su permanencia en lo que no es permanente, porque huye de su propia transitoriedad y necesita reafirmarse. Y así el miedo a morir, como el miedo a afrontar todo aquello que amenace con mover nuestros cimientos, se corresponde finalmente con el miedo a la vida, porque todo cambio significa un fin con respecto a un estado de cosas previo. Y en la vida todo es movimiento, un constante, un permanente flujo, una dinámica en la que cada momento significa con respecto a otro una muerte y una resurrección.

La pequeña muerte es la cotidiana, el persistente amanecer-anochecer de nuestros días, momentos, tiempos en los que afirmamos y reafirmamos de manera pertinaz que somos lo que no somos y vivimos bajo la sombra del más profundo sueño.

La gran muerte es la vida en sí misma, porque significa la sumisión del Ser a la realidad de la personalidad asumida por el ego y el olvido de lo que Somos en la más profunda esencialidad de nuestra naturaleza.

Despertar a la pequeña muerte es tomar conciencia de que no somos lo que creemos ser. Despertar a la pequeña muerte es Despertar.

Despertar a la gran muerte es el umbral de la iluminación si no la iluminación misma, es la aniquilación del ego y el abocamiento del Ser en este mundo de carne y tiempo, de espacio y huesos.

Morir todos morimos y todos deberemos atravesar el umbral que nos aleja de este mundo por la puerta de la aurora, la que recibe al Sol cada tarde al término del día, la que traza el camino de luz que nos lleva de vuelta a casa.

Llegamos desnudos y desnudos nos marcharemos, sin más equipaje que el bagaje de lo vivido, los pasos dados en esta oscuridad, las luces y las sombras sembradas y recogidas, los recuerdos y los olvidos. Pero debemos afrontar la pequeña y la gran muerte. Porque es la única forma de vivir, de vivir, de lo que significa realmente vivir.












viernes, 1 de marzo de 2013

ISLAS AFORTUNADAS





Para algunos remoto vestigio de la Atlántida, tierras altas y emergidas de la gran hecatombe que sumió a la protoantigüedad en la obscura desolación del olvido; para otros Jardín de las Hespérides... Entre el norte y el sur, en los brazos de los vientos alisios, casi acariciando las costas del Sahara... , se encuentra una tierra hermosa y misteriosa...

Una tierra que esconde el más íntimo secreto: la isla inexistente, fantasma escondido por las sábanas de la niebla. Isla imposible vista y no vista es San Borondón la tierra perdida.

Entre sus aguas se esconden mil secretos: calamares gigantes, luces maravillosas que penetran los mares y deslumbran ojos atónitos que no dan crédito a lo increíble; quizás enclave  submarino de seres llegados de quién sabe qué estrella.

En sus montañas y barrancos esferas coloridas y entes luminosos juegan al límite de la realidad. Pirámides de Güimar desafiando el transcurso de la historia.

Sobre el mar de nubes despunta una cumbre altiva y escarpada, la columna del cielo; labrada a fuego y azufre en su corazón bullen el magma y energías radiantes procedentes del centro de la Tierra. Cuando lo vi sentí que él también me contemplaba; no es un volcán cualquiera, es el Padre Teide. Echeyde, morada de Guayota, ladrón de la luz y del Sol que sumió al mundo en la oscuridad, hasta que Achamán, el dios supremo, lo liberara.

Sus cañadas han acogido a millares de buscadores de luminarias inteligentes, luces desprendidas de la gran familia de estrellas que techan la noche de los Llanos de Ucanca; oteadores de la profunda negritud del cielo nocturno esperando que la gran respuesta les hable bajo la forma de luces de colores de inquietante origen.

La vida se quiebra y abre camino entre coladas de lava como escamas de un dragón insular y pétreo, adormecido y latente. Aliento letal, bocanadas de fuego, clamor de una piedra fundida a la que la frialdad de la soledad endureció para siempre.

Aguas y tierras, llanos y cumbres, líquenes y laurisilvas; mágicos, singulares parajes desolados o rebosantes de vida, paisajes lunares sobre los que el ánima camina. Ojo cósmico que mira al pasado desde Izaña. Montañas del Fuego, ardor subterráneo que quema el corazón de Gaia. Islas del fin del mundo entre dos mundos... 

Lo más profundo se eleva sobre la faz de las aguas y nos muestra sus secretos, piedra hirviente, llanto de fuego... Islas Canarias.




A la memoria de Paco Padrón, amigo y guerrero de la Luz