CUANDO SE MARCHEN LOS OSCUROS


 


Amaneció llorando.

El Sol lloraba a medida que el día despuntaba.

Sus rayos parecían sombríos,

sombríos por la pena vertida.

 

Pena del mundo y del hombre que lo habita,

de sus raíces y de sus tallos,

de los brotes que brotan porque la vida sigue

y se perpetúa en sentido consentido

de sentido no entendido.

Pero sigue.

 

Sigue, empequeñecido por el sueño del durmiente que despierto se cree,

aunque se añora en el dormitar que sueña soñar.

Porque vivir no vive el sueño del despierto durmiente

que sueña parpadear despierto.

Y lucir dormido, al menos,

la luz del mundo en el corazón del hombre.

 

Amaneció llorando por cada gota de sudor rojizo

que mezcla sangre y sudor sufrido por tanta injusticia

y mirar hacia otro lado.

Por tanto lejano que es tan próximo abandonado,

mientras labios silbantes y ojos escondidos acompañan manos en los bolsillos,

como si lo ajeno existiera,

y lo lejano fuera cierto,

y el otro fuera el otro y no él mismo,

el yo compartido de ser uno en el desierto del vivir cotidiano.

 

Cuando silban las balas y los argumentos estallan,

porque no hay argumentos,

la roja sangre es como toda sangre.

 

Levantó llorando por el horizonte,

por un día más de locura,

por un mundo gobernado por locos que no saben escribir «humanidad»

porque desconocen el lenguaje de lo humano

y atesoran monedas viles para vivir mil vidas sin vivirla,

sin tiempo para vivirlas.

 

¿Qué sería de ellos en un mundo de locos sin alma, solo para ellos?

¿Y qué sería de nosotros, libres de ellos y del bullir de su impostura cierta y desierta de sonrisas limpias y miradas sinceras?

Cuando ellos atardezcan y regresen al lugar del que partieron,

la amanecida será una fiesta y el Sol brotará en los corazones, brillante y silencioso.

Un amanecer por cada mirada recibida.

Una luz perenne en el cielo.


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